Un lugar donde se pueden bajar los escudos

Jesús Gómez es fraile y vive en la Casa de Jóvenes Hermano Francisco, perteneciente a la Provincia San Francisco Solano. Desde el 2017, es tallerista y tutor voluntario del Programa de Jóvenes “Construyendo la Vida (CoVi)”. Este es su testimonio de vida compartida junto a los jóvenes de Mariló.

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En el año 2016, junto a un grupo de adolescentes del barrio [Mariló, partido de Moreno], compartíamos el Brocherito, un espacio de fútbol callejero que ofrecía la Casa de Jóvenes. Ellos me contaron sobre “el CoVi”, un programa del que participaban en la Fundación que estaba destinado a chicos y chicas de 16 a 21 años. Me acuerdo que el nombre del grupo, Construyendo la Vida, me resultó iluminador.

Jesus en la Casa de Jóvenes
Jesús en la Casa de Jóvenes Hermano Francisco

Algunos meses después, Juan José Alberdi (encargado) me invitó a ser voluntario del programa y tutor de un joven del grupo. “La figura del tutor se asemeja a la de hermano mayor”, me dijo. Y esto me cautivó. Probablemente, por el recuerdo de mi propio hermano mayor: su presencia, sus modos de guiarme y quererme.

Ser tutor significa, para mí, Presencia: estar para alguien, darle la seguridad de que no me voy a ir, que lo espero y que estoy en su vida.

La tutoría es un espacio de escucha, un momento para que el pibe pueda habitar lo que le pasa, poder decir y descubrir que lo que dice es sumamente digno de ser compartido, escuchado, valorado. Ya que, muchas veces y por diferentes razones, en la vida de los pibes, esto no aparece.

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Ser tutor: presencia y escucha atenta

Creo que el modo de Presencia se construye desde lo cotidiano, estar a la par. Para poder dar una palabra sobre la vida de alguien, necesito conocer su familia, su casa… Si no, ¿quién soy para hablar?

Fui ensayando modos de mostrar mi disponibilidad, distintas formas para hacerle saber al otro: “estoy para vos, hermano” y así seguir construyendo el vínculo.

A veces explícitamente y otras no, le digo: “estoy a favor de tu vida”. Siento que para que un otro, en este caso, un pibe, pueda validar mi palabra, tiene que haber un vínculo, tiempo compartido y vivido.Además de ser tutor, soy voluntario del CoVi los jueves por la tarde. Me apasiona el construir la vida junto a ellos, a quienes voy considerando mis amigos. Darnos cuenta de esto en el reírnos, en el juego, en tener un espacio para compartir… Juntos vamos descubriendo que tenemos la capacidad de hacernos preguntas: ‘¿Qué quiero?’ ‘¿Qué espero para mi vida?’, y desde ahí también ir modificando, poniendo en acción y desplegando la capacidad de elegir.

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A la derecha, junto a los participantes del “CoVi”

En cada encuentro con los jóvenes, se aprenden muchas cosas. Durante el año, tuvieron talleres de comunicación y prevención de adicciones, de sexualidad integral y de expresión literaria, entre otros. Espacios de mucha vida donde seguir profundizando y aprendiendo juntos. En la cotidianeidad también compartimos lo que duele, las situaciones de injusticia a las que se enfrentan.

Un contexto social complejo, una situación socioeconómica desfavorecida, la educación en problemas graves, el desempleo, la desmotivación, el miedo al futuro. Hace meses, el distrito de Moreno está sin clases. Muchos de los pibes del CoVi están terminando el último año resolviendo trabajos prácticos que les mandan sus profesores por Whatsapp. Hay quienes llegan a la Fundación pidiendo una mano porque no tienen teléfono o internet. También comparten que no sólo extrañan a sus compañeros, sino también extrañan aprender. 

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Jesús Gómez, hermano menor

Cuando pienso en el CoVi, se me viene una imagen: los líderes de las civilizaciones antiguas saludándose con la mano izquierda. Un gesto de profunda confianza ya que en esa mano llevaban los escudos y, en el saludo, dejaban caer sus defensas.

Creo que en el CoVi todos descubrimos que podemos “soltar nuestros escudos”, dar rienda suelta a nuestros sentimientos. Es un lugar privilegiado, a cuidar, un espacio que, cual útero, acoge la vida y, también, debe soltar.

Es muy lindo ser testigo de las vidas de los chicos, verlos animándose a soñar a pesar de todo, enfrentarse al “no podés”, superando las barreras del miedo. Para esto, es fundamental seguir construyendo espacios de escucha, seguir sosteniéndoles la mirada y recordarles: “sos alguien importante, con nombre y apellido, una historia valiosa, y no me sos indiferente”. Cuando se dan esos espacios, pasan cosas.

 

TESTIMONIOS DE LOS PARTICIPANTES DE LAS TUTORÍAS

Mi tutora me escucha y aconseja y, sobretodo, es una buena persona. Me hace sentir seguridad y confianza.

Flavia, 19 años

Es un apoyo gigante, es el que me da un lugar de escucha en el que me siento muy libre y acompañada, además de un tutor, es un amigo al que veo de vez en cuando.

Zaida, 17 años

En mi vida, ella es mucho más que mi tutora. La siento como una amiga, a veces como una mamá. Está en todo momento conmigo. Agradecida de la vida y la Fundación por el espacio que nos permite compartir juntas. Ojalá sigamos conectadas por mucho tiempo. Un cariño hermoso ella.

Mica, 20 años

Tuve alguien para compartir mi alegría, poder contarle mi semana. Está buenísimo poder tener a alguien con quien contar.

Estefania, 19 años

Cambio rotundo en la forma de ver la vida, aprender de la experiencia y por sobretodo, buena persona.

Jorge, 17 años

Es como un hermano para mí. Pude hablar muchas cosas con él, lo extraño, me ayudó a superar muchas cosas.

Ramiro, 17 años

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