“Mis hijos me hacen mejor persona”

Andrea Rojas tiene 48 años y vive en el barrio Ejército de los Andes desde su infancia. Sus hijos, Santino (8) y Axel (6), participan en el Programa de Desarrollo Infantil “Casa del Niño”. “Es un lugar en el que me puedo apoyar para criar a mis hijos”. Esta es su historia.

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Andrea recuerda su llegada al barrio como si fuera hoy. “Para nosotros todo era un juego”, comienza. Entre cajas y colchones, Andrea y sus hermanos jugaban a la pelota con su perro. Se ríe al recordar a su mamá, que cada tanto gritaba desde el asiento de adelante del camión: “¡Quédense quietos! ¡Ya llegamos!”

Para la Andrea chiquita, cuarenta años atrás, los edificios eran altos, las plazas muy verdes y las calles estaban llenas de gente bajando cosas. Más adelante, sabría que todas esas personas, al igual que su familia, venían de la Villa 31, en Retiro, por una relocalización de viviendas. “Enseguida nos hicimos amigos. Andábamos de acá para allá, jugábamos en la vereda. Con mis hermanos, empezamos a venir a la capilla Santa Clara. Ya de más grandes, participábamos de la Acción Católica, catequesis, coro… Fue una época muy linda”, recuerda.

Izq.: Andrea vestida de ángel (segunda de izq. a der.) en el pesebre viviente. Der.: de camisa verde junto a sus amigas del barrio (año 1986).

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Al cumplir dieciséis años, y para poder ayudar a su mamá- que en ese entonces trabajaba en limpieza-, Andrea dejó la escuela y comenzó a trabajar en una fábrica de zapatos cerca de su casa. Después, trabajó en una fábrica de rodillos y limpieza. Al cumplir treinta, terminó el secundario y recibió su título en la Escuela Media 7 del barrio. “Estudié enfermería auxiliar y fui voluntaria en el Hospital Carrillo. Fue una experiencia difícil, un ambiente de mucha competencia, así que dejé”, cuenta.

Después de su tiempo como enfermera, volvió a buscar trabajo. “Me movía mucho pero no me llamaban de ningún lado, así que decidí volcarme al servicio de la limpieza y, bueno, así pasaron los años. No reniego de esto pero sí creo que la paga es mala y el esfuerzo mucho. Y que la limpieza no te la posibilidad de avanzar y ganar mejor”.

Durante dieciséis años, Andrea trabajó para una empresa de limpieza en el turno noche, entre las once y las seis de la mañana. Al cumplir cuarenta, le diagnosticaron diabetes. “No fue fácil. En estos años, perdí casi totalmente la vista del ojo izquierdo. Pero por mi trabajo tengo obra social y es una maravilla. Me atienden bien, rápido y sin pagar”, cuenta.

En ese contexto, enfocada en su trabajo y en el cuidado de su salud, se enteró que estaba embarazada de Santino (8). Fueron nueve meses de muchos controles y seguimientos. “Por mi edad y la enfermedad, pensaba que era imposible para mí ser mamá. No podía creer la alegría que Dios le estaba dando a mi vida pero no podía evitar el miedo: era un embarazo de riesgo. Santi nació por cesárea porque me subió la presión”, relata.

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Santino en el Programa de Desarrollo Infantil “Casa del Niño”

Axel (6) fue otro milagro inesperado pero deseado. Y también, un tiempo distinto que pudo vivir con mayor tranquilidad. Nació a término y con buen peso.

“Ellos fueron una revolución en mi vida. Tres años de locura total. De noche los cuidaba mi mamá y yo iba a trabajar. Yo llegaba a las siete de la mañana y Santi se despertaba a las ocho. A las dos horas, se despertaba Axel. Me dormía parada, en el colectivo, mientras mis compañeras hablaban” explica entre risas.

Para poder descansar y también para aliviar a su mamá que cuidaba a los chicos toda la noche, Andrea decidió buscar un lugar de cuidado para Santi, que ya tenía tres años. “Yo conocía a Betty y Norma [fundadoras del Programa de Desarrollo Infantil “Casa del Niño“] de toda la vida. Dejé a mi hijo con confianza, sabiendo que lo iban a cuidar. A los pocos meses, empecé a ver como él jugaba con otros chicos, quería salir más y perdía un poco la timidez”, dice.

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Axel disfrutando el almuerzo

Debido a algunos problemas en el habla, Santino pasó por el Servicio de Orientación al Aprendizaje (SOA), un programa de la Fundación que articula con Casa del Niño. Las psicopedagogas del SOA hicieron una evaluación y luego una derivación a una sala en Ciudadela, donde actualmente Santino recibe un tratamiento de fonoaudiología.
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Santino y Axel jugando

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Cuando Axel cumplió tres años, Andrea decidió anotarlo en Casa del Niño. “Es un lugar en el que me puedo apoyar para criar a mis hijos. Me acompañan en cada etapa, con cada uno. En el caso de Axel, a él le costó desprenderse de mí, de la abuela, la casa. Lo recibieron con mucho amor y paciencia, a veces entraba llorando. Poco a poco se adaptó, acá y en el jardín”.

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Entre 2016 y 2017, Andrea fue operada seis veces de la vista. El año pasado, quedó completamente ciega durante dos meses. “Fue muy difícil. Santino estaba aprendiendo a leer. Yo no lo podía ayudar, me sentía mal, frustrada. Él aprendió gracias a su seño, Norma, por sus amigos, Franco y Luna, que se sentaban al lado de él. Mi mamá, que le daba una mano en casa”.

De ese tiempo, recuerda los mediodías volviendo con Santino y Axel de la Fundación. Los chicos indicándole el camino, llevándola del brazo y diciéndole dónde había piedras. “Norma nos dice que te ayudemos”, repetían.

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Casa del Niño Santa Clara de Asís

Actualmente, Andrea participa en el grupo de padres y madres que brinda el equipo de Psicología y de algunos espacios personales, también acompañada por profesionales del equipo. “Yo necesitaba esa contención. Hablar con los psicólogos, con otras madres del grupo. Escuchar al otro me sirvió, me dio esperanza. No era la única.”

De licencia en su trabajo, Andrea solicitó una jubilación por invalidez y se la otorgaron por tener un setenta por ciento de discapacidad.

Estamos saliendo adelante, hablando mucho. Intento acompañar a Santino y Axel con amor y respeto, enseñarles que todos somos diferentes y merecemos lo mismo. Que la violencia nunca es buena. Creo que ellos me hacen mejor persona”.

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