“Por mis hijas tengo que seguir”

Rocío Acosta tiene veintidós años y vive en el barrio Mariló, partido de Moreno. A los diecisiete, se enteró que estaba embarazada y que su pareja tenía cáncer. Dos años después de la muerte de su compañero, Rocío decidió volver a empezar. Una historia de maternidad atravesada por la muerte y la resurrección.

 

“POR MIS HIJAS TENGO QUE SEGUIR”

Rocío saca unas tortas fritas de la sartén, las espolvorea con azúcar y las lleva a la mesa. Al sentarse, Hugo le acerca un mate. Con una mano ceba y con la otra sostiene a Brisa, la bebé recién nacida. La nena balbucea y levanta los brazos buscando a su mamá. Rocío, con la ayuda de su pareja, la alza y le da un beso.

El recuerdo de los mates con Hugo, su compañero de vida, la emociona hasta las lágrimas. Rocío cuenta su historia mientras prepara unas empanadas santiagueñas, su plato favorito. Lo aprendió de Hugo, con quien compartía la pasión por la cocina. Ya pasaron dos años y tres meses desde su partida.

 

ACOSTA - Isabel, Rocío, Fortunata, Brisa, Hugo, María, Estefanía, Luis (2)
Año 2014: Rocío junto a Hugo (camiseta de River) y su familia. 

 

Rocío tiene veintidós años y una sonrisa grande. Desde los doce participa en diferentes espacios de la Fundación Franciscana: grupo de jóvenes, psicología, campamentos. También trabajó en el área de limpieza. Antes de cumplir dieciocho años, se enteró de la llegada de Brisa, su primera hija.

“Me sorprendió la noticia, yo quería quedar embarazada más adelante. Igual fue una emoción grande para todos”.

 

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El embarazo no planificado en adolescentes es una situación presente en todo el país. Según datos de Amnistía Internacional, en Argentina, 300 adolescentes se convierten en madres cada día y la mayoría admite que el embarazo no fue planificado. Al respecto, Felicitas Jordán, psicóloga y encargada del Grupo de Mujeres de la Fundación, explica que los embarazos adolescentes no sólo se relacionan con la falta de educación sexual sino, también, con la construcción de un proyecto de vida.

 

feli-jordan“Para muchas chicas en contextos de vulnerabilidad social, un embarazo no buscado viene a resignificar una identidad: soy alguien para alguien. La llegada de un hijo es de tal importancia que muchas quedan totalmente postergadas en su proyecto de ser mujeres. Olvidan sus propios deseos y necesidades. Toda la mirada está puesta en el otro, su hijo. 

 

Necesitamos acompañar a las mujeres. Brindarles espacios grupales de escucha y contención. Trabajar con ellas para que puedan ser madres y que también puedan desplegar otros roles.”

 

Felicitas Jordán

 

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Brisa y Alma

 

La llegada de Brisa provocó una revolución. Con la ayuda de su familia, Rocío y Hugo construyeron una pieza en el terreno de su abuela y se mudaron. Rocío estaba en cuarto año de secundaria. Al poco tiempo, dejó la escuela para criar a su hija.

El 21 de junio de 2015 (Día del Padre), Hugo volvió del trabajo con vómitos y fiebre. Tres días después, una hematóloga del hospital Paroissien le dio la peor noticia: Hugo tenía leucemia mieloide, la misma enfermedad con la que Rocío había despedido a su suegra años atrás. Lo que vino después fue una nueva revolución: salir a las cuatro de la mañana a las sesiones de quimioterapia, desde Moreno a Isidro Casanova; ir a trabajar sin dormir; dejar a Brisa con un año y medio al cuidado de su familia. Fueron meses de corridas y dolor.

“Muchas veces me quedaba en el hospital porque no tenía para el pasaje. Cuando llegaba, era darle un beso a la nena y tener que irme. Yo estaba sin dormir ni comer y él iba empeorando”, recuerda Rocío.

Cuando iba a limpiar a la Fundación, Rocío llevaba los estudios de Hugo al equipo Social, preguntaba dónde podía hacer algún análisis y contaba cómo se sentía.

“Voy a la Fundación desde los doce años. En ese tiempo difícil, yo sabía que estaban”.

En diciembre de 2015, tras una larga lucha contra la leucemia, Hugo se fue. Fue la Navidad más difícil de todas. Dos meses después, en el medio del duelo, Rocío se enteró que estaba esperando a una nueva hija: Alma.

 

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Rocío y Alma

 

“Mis hijas me sorprenden todos los días, sus travesuras, las cosas que dicen y hacen. Ellas me dieron el empujón para salir adelante”.

Un año después, Rocío encontró una posibilidad para volver a empezar. Su padrino le presentó a un amigo, Eduardo, con quien empezaría a construir una nueva relación. Con su ayuda pudo criar a Brisa y Alma y, además, decidieron tener una nueva hija: Nicole.

“Eduardo es mi compañero, mi pilar. Estuvo y está conmigo en los momentos más difíciles. Crió a mis hijas desde chiquitas. Siempre dice `las tres son mis hijas´”.

Hace unos días, Brisa se cayó jugando con su primo y se lastimó. Rocío y Eduardo la llevaron al hospital Posadas y se enteraron que tenía plaquetas y glóbulos blancos bajos, anemia y bajo peso. A raíz de la enfermedad de su papá y su abuela, Brisa debe someterse a controles periódicos y a un tratamiento especial.

 

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Rocío junto a Eduardo y sus tres hijas

 

En la actualidad, habiendo cumplido un año de pareja con Eduardo, Rocío decidió retomar la escuela y volver al espacio de terapia de la Fundación. Su sueño es terminar la secundaria y estudiar enfermería. Además, sacó un crédito de ANSES para agrandar la habitación y construir una pieza arriba para las chicas.

“Cuando miro para atrás pienso que no sé de dónde saqué tanta fuerza. Mi familia me ayuda mucho con las nenas para que pueda hacerlo (retomar el secundario). Por ellas tengo que seguir”.

 

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Tomando mate en familia

 

Las empanadas están listas. Eduardo llega justo a tiempo caminando con Brisa de la mano. Vienen del jardín de infantes. Alma, de un año y medio, mira los dibujitos animados en la tele y Nicole, de cuatro meses, duerme tranquila en su cuna. En un rato estarán todos juntos compartiendo la mesa.

 

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Año 2018: Rocío y toda su familia

 


 

RESUCITAR DE NUESTROS DUELOS

Por Virginia GawelVía @ Revista Sophia

virgina-gawelEn cada pérdida que la vida nos impone la tarea que tenemos por delante es duelar conscientemente. Pues un duelo no es algo pasivo: sí es un proceso, pero además se le llama “trabajo de duelo”: nos insta a que miremos por dentro y, activamente, lo elaboremos de la manera más sana posible, con inteligencia emocional. Con cada instancia que duelamos (alguien que muere, una separación, irse del terruño, perder un amigo…) duelamos, entre otras muertes, una muy puntual: la nuestra. Extrañamos al otro, y también extrañamos a quienes éramos ante el otro: una parte de nuestra definición de nosotros mismos. Y esto es, inclusive, un hecho a nivel biológico: nuestro cerebro está tejido, como un macramé, por finos hilos a los que la vida da forma. Cuando algo concluye, una parte de nuestro cerebro se ve obligada a destejerse, como un abrigo que ya no usaremos. Sin embargo, las hebras de ese abrigo no tienen que ser descartadas: con esos mismos hilos necesitaremos tejer una nueva forma interna, un nuevo tramo de vida, una nueva identidad.

Sin embargo, cuando acontece una pérdida, la sensación puntual puede ser la de “nunca más”: nunca más reiremos, nunca más respiraremos a pleno, nunca más estaremos con nadie, nunca más saldrá un canto desde nuestros labios… Y es natural que así nos parezca: un duelo… duele. Pero, por favor, no olvidemos que es necesario conservar al menos un pedacito de sí que se mantenga ajeno a esa auto-muerte: una parte que no crea en esos “argumentos definitivos” que el duelo impone… Permitirse, sí, estar turbado y confuso, incinerarse por dentro, y tirar fotos y papeles, y guardar lo guardable, y enojarse, y encerrarse, y salir, y volver a encerrarse… Porque es natural: parte del proceso. Pero hacer lo imposible (y pedir ayuda si la necesitamos) para que esa partecita interna, ligada a nuestro espíritu, permanezca sobria, exenta de la negrura, recordándonos que la Vida reclama su continuación en nosotros, aunque no sepamos cómo hacerlo. La Vida misma nos lo irá diciendo, si intentamos permanecer abiertos, sin aislarnos.

abrazar el duelo

No es raro que un duelo interno dos partes estén en pugna: una que quiere morirse con lo que ha muerto o se ha ido, y otra que es esa partecita que implica nuestra conexión con la Vida. Es indispensable que la segunda se salve, haciendo oír su voz cada vez más nítidamente a medida que el proceso de duelo se elabore. A no confundirse: no nos hemos destruido: nos hemos des-construido. Y la parte nuestra que muere con lo que se ha ido, resucitará bajo una nueva forma, en la nueva identidad que necesitaremos construir. Será indispensable darse el tiempo justo, hasta saber que es imperioso ya volver a la vida. Ésa será nuestra propia resurrección: el dolor del duelo, transformándonos. Millones de humanos la han vivido o la están viviendo ahora, al leer estas palabras (¿es ése tu caso?). De modo tremendamente nítido describió su propio proceso Octavio Paz:

DESPUÉS

Luego de haber cortado todos
los brazos que se tendían hacia mí;
luego de haber tapiado
todas las ventanas y puertas;
luego de haber inundado
con agua envenenada los fosos;
luego de haber edificado
mi casa en la roca
de un No inaccesible

a los halagos y al miedo;
luego de haberme cortado la lengua
y luego de haberla devorado;
luego de haber arrojado
puñados de silencio
y monosílabos de desprecio

a mis amores;
luego de haber olvidado mi nombre
y el nombre de mi lugar natal
y el nombre de mi estirpe;
luego de haberme juzgado
y haberme sentenciado
a perpetua espera y a soledad perpetua,
oí, contra las piedras
de mi calabozo de silogismos,
la embestida húmeda, tierna, insistente,
de la primavera.

 

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